Hay algo que he visto muchas veces en mi práctica profesional y que todavía me hace detenerme a pensar: personas que llegan a mi oficina después de años, incluso décadas, viviendo con síntomas de ansiedad, ataques de pánico, fobias u otras dificultades emocionales.

Cuando comenzamos la evaluación y reconstruimos un poco la historia, aparece una pregunta casi inevitable:

“¿Hace cuánto tiempo te pasa esto?”

Y la respuesta muchas veces es:
“Desde hace años.”

A veces desde la adolescencia. A veces desde la adultez temprana. En algunos casos, la persona ni siquiera puede identificar exactamente cuándo comenzó.

Lo interesante es que muchas de estas personas no llegan porque el problema haya aparecido recientemente. Llegan porque, en algún momento, ya no pueden seguir viviendo de la misma manera.

“Yo siempre he sido así”

Una de las frases que escucho con frecuencia es:

“Yo siempre he sido así.”

Y entiendo por qué una persona puede llegar a pensar eso.

Si durante años has sentido miedo al conducir, has evitado viajar, necesitas estar cerca de una salida, te preocupa constantemente enfermarte, revisas tu cuerpo, necesitas que alguien te acompañe o has aprendido a evitar determinadas situaciones, llega un momento en que todo eso puede sentirse como parte de tu personalidad.

Ya no piensas: “Estoy evitando porque tengo ansiedad”.

Piensas:

“A mí simplemente no me gusta eso.”

Y ahí es donde puede pasar algo importante: comenzamos a confundir una estrategia que aprendimos para manejar la ansiedad con quiénes somos.

Aprendemos a funcionar alrededor del problema

La ansiedad no siempre impide que una persona trabaje, estudie, tenga pareja, tenga hijos o cumpla con sus responsabilidades.

Y precisamente por eso puede pasar desapercibida durante mucho tiempo.

Una persona puede estar funcionando perfectamente desde afuera y, al mismo tiempo, estar haciendo un esfuerzo enorme para mantener su mundo bajo control.

Quizás conduce, pero solamente por determinadas rutas.

Sale, pero necesita saber dónde está el baño.

Viaja, pero lleva medicamentos “por si acaso”.

Va a restaurantes, pero evita determinados alimentos.

Trabaja, pero pasa gran parte del día pendiente de las sensaciones de su cuerpo.

Sale con amistades, pero necesita saber cómo regresar a casa.

Y desde afuera podríamos pensar: “Está bien”.

Pero la pregunta que me interesa como psicóloga es otra:

¿Cuánto esfuerzo le está costando a esta persona sentirse segura?

El alivio también puede mantener el problema

Muchas de las cosas que hacemos cuando tenemos ansiedad tienen una función muy comprensible: buscamos sentirnos mejor.

Evitamos porque tenemos miedo.

Comprobamos porque queremos asegurarnos.

Preguntamos porque necesitamos tranquilidad.

Escapamos porque queremos que la sensación termine.

Y cuando hacemos cualquiera de estas cosas, muchas veces sentimos alivio.

El problema es que ese alivio puede enseñarle algo a nuestro cerebro:

“Menos mal que hice eso. Realmente necesitaba protegerme.”

Y la próxima vez que aparezca una situación parecida, la necesidad de volver a hacerlo puede ser todavía mayor.

Así se puede ir construyendo una vida cada vez más pequeña sin que la persona se dé cuenta de cómo ocurrió.

“Pero yo lo he podido manejar”

Sí.

Y esto es importante reconocerlo.

Muchas personas que llegan a terapia han desarrollado muchísimas maneras de manejar lo que sienten. Han encontrado formas de continuar trabajando, cuidando a su familia y cumpliendo con sus responsabilidades.

Pero poder funcionar no significa necesariamente que el problema no esté afectando tu calidad de vida.

Podemos aprender a vivir con muchas cosas.

La pregunta es si queremos seguir organizando nuestra vida alrededor de ellas.

Entonces, ¿por qué no buscamos ayuda antes?

No existe una sola respuesta.

A veces está el estigma.

A veces pensamos que debemos poder resolverlo solos.

A veces creemos que lo que sentimos “no es suficientemente grave” para buscar ayuda.

A veces tenemos miedo de hablar sobre aquello que hemos evitado durante tanto tiempo.

Y otras veces simplemente nos acostumbramos.

Nos acostumbramos tanto que dejamos de imaginar que podría existir otra manera de vivir.

Creo que esta última parte merece mucha atención.

Porque quizás una persona no está diciendo:

“No quiero ayuda.”

Quizás está pensando:

“Así soy yo.”

Y son dos cosas completamente diferentes.

Quizás vale la pena hacerse otra pregunta

Si llevas años viviendo con ansiedad, miedo, evitación, pensamientos intrusivos, ataques de pánico o alguna fobia, no tienes que esperar a que tu vida se deteriore por completo para considerar buscar ayuda.

Puedes preguntarte:

¿Qué cosas hago hoy para sentirme seguro que antes no necesitaba hacer?

¿Qué lugares he dejado de visitar?

¿Qué experiencias he dejado de vivir?

¿Qué decisiones estoy tomando basándome en el miedo?

Y quizás la pregunta más importante:

¿Estoy viviendo mi vida como quiero vivirla o estoy organizando mi vida para evitar sentir ansiedad?

Buscar ayuda psicológica no significa que hayas fracasado manejando tu vida.

Muchas veces significa reconocer que llevas demasiado tiempo cargando algo solo.

Y que quizás ya es momento de dejar de preguntarte cómo hacer para sobrevivir a la ansiedad y comenzar a preguntarte cómo recuperar los espacios de tu vida que poco a poco el miedo fue ocupando.

Yashira Brito
Psicóloga | Ansiedad, pánico y fobias